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Universidad y humanismo

Ningún académico puede dudar hoy de la importancia que tienen la ciencia y la tecnología para el desarrollo económico, social y cultural de un país, ni de la urgencia de su adecuado financiamiento por parte del estado y el sector privado para que la investigación en estos dos ámbitos pueda desarrollarse tanto en las universidades como en los centros e institutos dedicados a tal fin, con calidad, pertinencia e impacto de modo que se consoliden y amplíen las comunidades científicas disciplinares e interdisciplinares para que la mayor cantidad de personas, grupos humanos y regiones geográficas sean beneficiarios tanto de sus resultados, como de un cambio en la manera de concebir y hacer las cosas. Esto implica que las comunidades científicas se acerquen a las comunidades de ciudadanos y les transmitan algunos de los elementos básicos del método científico (cómo se observa, cómo se explora y cómo se trabaja en equipo) que pueden ayudarles a resolver problemas cotidianos de su entorno y a descubrir cuáles de ellos son vitales o relevantes para su supervivencia o progreso.

Sin embargo, y pese a que la razón científica ha contribuido en elevado porcentaje a mejorar la calidad de la vida de los seres humanos, como individuos y como colectividad, ésta (la razón científica) ni sus productos, proporcionan todas las posibles soluciones a los complejos problemas que enfrenta el hombre como persona, como ciudadano, como profesional, o como miembro de una determinada comunidad local o regional o participante de los avatares de la comunidad global en donde conviven el horror y la felicidad, el odio y el amor, la tolerancia y el fundamentalismo, la pobreza extrema y la máxima riqueza, y toda una suerte de creencias y comportamientos cuya comprensión requiere de una reflexión y unos conocimientos que se sitúan en lo que comúnmente y sin entrar en precisiones semánticas o históricas, se denomina Humanismo. ./big>

En la barbarie de la ignorancia, George Steiner justifica la necesidad de la reflexión humanística con la pregunta… “… ¿Por qué la razón de las ciencias no nos han dado protección alguna contra lo inhumano?” o “¿Por qué el más grande pensador, puede ser el más pequeño de los hombres?” Y podríamos agregar: ¿por qué la mejor educación no impide la corrupción de muchos profesionales? O ¿por qué no reconocemos el valor de las personas o las comunidades que consideramos diferentes? O ¿por qué en la política se ha impuesto la posverdad, como una forma de “ceguera voluntaria” para no examinar la realidad?.

George Steiner

Estas y tantas otras cuestiones vitales para la vida de los seres humanos, como la idea, la realización y los límites de la libertad individual o colectiva, la responsabilidad directa o indirecta (resultados y consecuencias) de nuestras acciones para fomentar o destruir la convivencia social en sus diferentes formas y espacios o para conservar o destruir los ecosistemas o aún más, para la habitabilidad o inhabitabilidad del planeta, hacen incuestionable la necesidad de fomentar la reflexión humanística no como algo separado o como un agregado casi banal al aprendizaje o al ejercicio del saber científico, sino como algo inherente a todas y cada una de las ciencias y las tecnologías, puesto que la incidencia del hombre en el planeta ha juntado de nuevo la historia natural con la historia humana.

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