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La autonomía universitaria, un debate en continua transformación

Desde que la Universidad existe, ha luchado por su autonomía. Necesita estar libre de presiones (políticas, económicas, ideológicas) para poder cumplir con su función de generadora de conocimiento y formadora de ciudadanos autónomos. Ahora bien, existe el peligro de reducir la autonomía universitaria a unos cuantos slogans que se corean en las marchas de protesta cuando el gobierno anuncia medidas de vigilancia y control.

En este breve escrito quiero hacer una invitación para que la autonomía universitaria sea analizada en un marco mucho más amplio. Por razones de espacio, me limitaré a unas cuantas sugerencias que habría que desarrollar más adelante.

Podemos empezar por distinguir entre la autonomía académica y la autonomía institucional. Cuando hablamos de autonomía académica nos referimos principalmente a las libertades de cátedra y de investigación, que deben ejercerse sin limitaciones externas. Estas libertades se reconocen. No se otorgan ni se decretan por ley. Ahora bien, esto no significa que la cátedra pueda ser utilizada para agredir a quienes tienen ideas diferentes, ni en su nombre se puede justificar un lenguaje soez y discriminatorio.

La libertad de investigación, que hace parte de la autonomía académica, no significa que sean legítimos todos los modelos de investigación con tal de avanzar por el camino de la ciencia. Hay límites aceptados por la comunidad científica internacional para realizar investigaciones en personas, comunidades y animales. La historia de la ciencia no puede olvidar las aterradoras experiencias de los científicos nazis, o de los japoneses, o de los norteamericanos con los presos de raza negra.

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